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lunes, 25 de junio de 2012

LLUVIA


   La tarde irrumpe en soledad. El cielo es cubierto por su manto gris y se
dispone a esparcir sus lágrimas.

Asomada a la ventana contemplo como poco a poco el día va siendo
devorado por las nubes hasta perderse en esa capa de nostalgia donde
todo se vuelve oscuro y negro. Mi alma, comienza a eclipsarse; detecto las
tardes de lluvia, siento que por cada gota de agua que cae, una parte
de mí, se va con ella... aún así, una fuerza interior me empuja a dejarme
seducir por lo lúgubre del momento; como si de esa forma, exteriorizara
todo aquello que me tortura y atormenta.

Las primeras gotas de lluvia acarician el cristal, mis primeras lágrimas
acarician mis ojos. 
Me preparo para una tarde de recuerdos y llanto. Entre mis manos, tomo 
una humeante taza de té y un paquete de cigarrillos; ahora, acuno entre
mis dedos la nicotina, intentando paliar la ansiedad que se adueña de mí
cada día.
Busco ese rincón donde poder derramar mis lágrimas sin miedo, sin temor...
lo hallo en el cobertizo; sentada en el balancín observo como el cielo se 
desgarra en llanto. Enciendo un pitillo, cierro los ojos, y exhalo el humo que
se pierde entre la melodía de la tempestad. Dejo, que las imágenes de
aquella tarde se apoderen de mi mente. Son escasas, apenas son fragmentos
de diapositivas agolpadas en mí, pero tan profundas y claras que hacen que
reviva la tragedia que me tocó vivir...
... lluvia, asfalto, coche, frenada, sirenas de ambulancias, hospital, médicos...
y lo que nunca quise oír; aquella vida que crecía dentro de mí, en mis
entrañas, ese pedacito de ser que ahora era mi razón, había dejado de latir.
Su corazón se había apagado, ya nada se podía hacer, tan solo, arrancarlo de
mi vientre.
Se llevo con él, una parte de mí, se llevo mi vida, la magia de ser madre... me 
dejó vacía por dentro, seca... y sin esperanzas.
La lluvia me robó los sueños, el hechizo de sostenerte en mis brazos, el ver tus
ojos, el color de tu pelo, el acunarte, el besarte a cada instante...

Abro los ojos y dejo que mis lágrimas fluyan sin medida por ese vendaval de
tristeza que azota mi alma. Es lo único que tengo, lo único que me queda, el
llorar y el poder sentir que de alguna forma se elimina este dolor que me
consume.

Odio las tardes de lluvia, por cada gota de agua que cae, una parte de mí,
se va con ella... 



Ana Martos - Junio 2012

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