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jueves, 26 de abril de 2012

EL TIEMPO


   El reloj del ayuntamiento tocaba las nueve. Lucía, asomada al balcón de su apartamento
contemplaba entusiasmada las agujas del aquel enorme reloj. Todas las tardes
realizaba la misma peregrinación, salía al ventanal y allí, esperaba y esperaba a que
los eternos minutos pasasen y marcasen aquella hora.
Era la hora de su encuentro, su cita la esperaba.
Antes de salir, se miraba por última vez al espejo, sus ojos eran un haz de luz, su rostro 
reflejaba la dicha de la felicidad. Se retocaba el carmín y complacida con aquella imagen que
veía, se disponía a acudir a su encuentro.
Siempre apresurada, sin querer dejar escapar un solo segundo de aquel tiempo, caminaba 
calle abajo absorta en sus pensamientos; ajena al bullicio de la gente, recorría el trecho
que la llevaba hasta la Avenida y una vez allí, Lucía aminoraba el paso. Por décimas de segundos
permanecía inmóvil acariciando la belleza que se abría junto a ella. Siempre, en ese instante el
nerviosismo y la exaltación se apoderaban de su cuerpo. Miraba entre la arboleda y lo veía allí,
al final del parque, sentado en el espaldar del último banco; allí estaba, esperándola.
Caminaba por aquel sendero de nubes hasta llegar a él, mientras se preguntaba así misma si se
puede llegar a amar tanto como ella lo amaba. 
Tímidamente se acercaba hasta aquel banco, y con una sonrisa en los labios que permanecería
congelada en su rostro por algún tiempo, le robaba un primer beso.

Cogidos de la mano paseaban bajo las noches de aquel varano, mientras trazaban sueños
en el horizonte, dibujando un futuro, jurándose amor eterno...

El reloj de la sala de estar tocaba las nueve. Lucía, permanecía sumida en aquellos recuerdos
mientras frente al espejo, intentaba hallar un rayo de luz en su mirada. Sus ojos ahora
permanecían en la oscuridad, el destello que un día tuvieron, se quedó anclado en el tiempo.
Su rostro ahora era el reflejo del dolor, del desconsuelo. Ya poco quedaba de aquella Lucía
ilusionada y feliz; el tiempo lo había anulado todo.... y con él, se llevo las risas, los sueños, los
paseos cogidos de la mano, los besos robados... ahora apenas eran dos extraños que ya nada
se decían, no había complicidad en sus miradas, ni un gesto, ni un roce... nada. 
Lo que más dolor le producía de todo aquello, es que ni siquiera sabía como habían llegado
a esa situación; tal vez fue la rutina, la monotonía, el no saber mantener encendida la llama del
amor... el amor hay que cultivarlo todos los días, regarlo, acariciarlo, hablarle....

Se secó las lágrimas que corrían por sus mejillas, se retocó de carmín los labios y echó una última
mirada a la estancia. Debía salir, su abogado la esperaba; en menos de una hora rompería el 
último lazo que la unía a él... el amor en un papel.


Ana Martos - Abril 2012.
     

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