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jueves, 12 de abril de 2012

HUYO SIN DESTINO


     Huyo sin destino... me encuentro  enzarzada en un camino sombrío, 
sin luz, presa de un poder sobrenatural e inavitable que guía mi vida.

Persistentes y funestas gotas de lluvia irrumpen en esta tarde oscura y
lóbrega. Es el escenario perfecto para un destino que tal vez ya haya 
sido premeditado.
Quiero correr y no puedo... percibo el olor de la muerte acechando mis pasos,
siento su aliento rozando mi cuello. A medida que pasan los segundos, el pánico 
se apodera de mí. Mi mente es un amasijo de escenas incapaz de obrar con 
cordura. Me siento aterrorizada, quiero escapar y no puedo... no hallo un
ápice de luz que guíe mis pasos.

Lamento el haberme adentrado en este bosque sin fin; en este laberinto de
arbustos que danzan y ríen bajo la tempestad sin la mayor compasión. Mis lágrimas
se mezclan con el agua y el sudor frío que recorre mi cuerpo. Intento huir...
huyo sin destino, mis piernas han perdido la fuerza, apenas puedo sostenerme, 
pero sin embargo, puedo sentir ese hedor a muerte cada vez más cerca de mí.
Camino a la deriva, confusa, desorientada entre los árboles, sintiéndome
acechada en cada movimiento.
Me paro y miro a ambos lados del bosque, no veo nada, la tarde es oscura y cerrada;
el agua torrencial la envuelve haciéndola más opaca si cabe, turbia, hasta con un aire
fúnebre. Mi cuerpo se estremece ante tal situación, el terror y el pánico se vuelven a
adueñar de mi persona.
Camino nuevamente, me adentro en la espesura del bosque intentando encontrar una
senda que me devuelva a la luz. La niebla es cada vez más densa. Mis brazos rozan la
maleza provocando finos cortes y sangrantes heridas.
Lloro... lloro y me dejo caer lentamente contra el tronco de un árbol. El miedo da paso
a la impotencia, el bosque me tiene atrapada en sus entrañas y siento que aquello 
que me perseguía, está mas cerca, puedo olerlo, sentirlo. Cierro los ojos, los vuelvo
a abrir con la esperanza que todo esto haya sido un mal sueño, una pesadilla. Pero no, 
mi pesadilla es real... tengo frente a mí, la muerte.
Un horrendo ser, ataviado en una capa negra, me mira fijamente con los ojos inyectados
en sangre, en su mano izquierda lleva un cuchillo de hoja fina y rígida. Se abalanza sobre mí, 
intento zafarme a la vez que grito. Mis gritos de pánico y súplica se pierden entre la lluvia
y la oscuridad del bosque.
Siento el acero frío tocar mi garganta. Noto como algo caliente y viscoso mana de mi cuello
y recorre mi pecho.
Cierro los ojos... huyo, al destino.


Ana Martos -  Abril 2012.

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