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martes, 22 de mayo de 2012

PERDIDA EN LA REALIDAD


   La cocina está embriagada a ese suculento olor a café recién
hecho. Vierto un poquito de ese aroma en mi taza y mientras la 
sostengo entre mis manos saboreando el placer de la mañana, 
me asomo a la ventana y la veo ahí, en el jardín, jugando con las
florecillas, ajena al mundo. Sus cabellos blancos son más níveos
bajo los rayos del sol.
La observo mientras le sonríe a Perla, la gatita siamesa del vecino, 
le gusta dejarse caer por nuestro jardín y perderse entre las plantas;
cuando la ve, sale a su encuentro con la ilusión de una niña pequeña 
y Perla, se deja sobar en sus manos. Torpemente se agacha y la toma
entre sus brazos, se sienta en el banco que hay justo debajo del 
naranjo y empieza a musitar algo mientras le acaricia el pelo.
Perla, se deja manosear y ronronea mientras dormita en sus faldas
bajo la sombra del árbol.
Para ella es un día cualquiera, un día más, el tiempo ya no existe en su 
memoria, tan solo es una marioneta en manos de una demencia senil...
el Alzheimer; sus recuerdos ahora son olas perdidas en el mar.
No puedo aguantar esa gana de llorar, un nudo me oprime el pecho al verla
así; nada queda ya de esa mujer temperamental y vital que fue un día.

Seco mis lágrimas y dejo la taza vacía de café sobe la mesa. Me dirijo al
jardín, ella, sigue bajo el naranjo, ensimismada con la gatita. Me acerco hasta
allí mientras le sonrío; al verme, sus labios hacen una leve mueca que interpreto
como una tímida sonrisa. Poso mi brazo sobre su hombro, mientras mi mano
le acaricia el rostro a la vez que saludo a Perla.
La miro y le comento que el desayuno está listo, que si tiene hambre. Me mira 
fijamente, su mirada muestra un gran vacío y entre ese hueco que exhiben sus
ojos, me pregunta quién soy.
Intento que el sentimiento de dolor que me producen sus palabras, no se haga
visible. Con cierto aire indiferente, sin darle mayor importancia a su pregunta, 
le contesto que soy yo, su hija. 
Tragándome aquel pesar, le arrebato a Perla de su regazo; le tiendo mi mano y 
la ayudo a levantarse, la tomo del brazo y nos dirigimos hacia la cocina, mientras,
le hablo del suculento desayuno que he preparado.

Una vez dentro, todavía se puede percibir ese olor a café recién hecho... es un día
más, entre tantos otros.
  

Ana Martos - Mayo 2012.

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