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domingo, 17 de junio de 2012

VENGANZA


    Corría por el bosque aturdido, con el terror en el cuerpo. Aún podía
oír los gritos de dolor y pánico; en su cabeza resonaban las palabras
de su padre... '' ¡huye, corre y no mires atrás!...'' aquella frase le martirizaba.
Se detuvo un momento entre la arboleda y se giró tras sus pasos.  El alba
apenas pintaba en el horizonte y en sus pupilas se podían reflejar las llamas
del horror, el aire desprendía ese olor a calcinado, a cuerpos carbonizados.
Miraba perplejo y aterrorizado como la aldea era devorada por el fuego...
su familia y su vida estaban ahí.

Los soldados del Rey comenzaban a adentrarse en el bosque, Gonzalo podía
oír el relinchar y galope de los caballos; sabía que iba a morir. Ahora, los soldados 
iban a la ''caza'' de aquel que hubiese huido en medio de la vorágine, de la
masacre que habían ejecutado. Según le había oído decir a su padre en medio
de caos, debían de ser sobre el centenar... un centenar de soldados armados,
y sedientos de muerte.
Gonzalo, sin mirar atrás, echó a correr de nuevo entre el boscaje.
Corría aturdido, sintiendo cada vez más cerca el trotar de los caballos y las risas
socarronas de los soldados. Casi no le quedaban fuerzas para seguir, sus piernas
estaban empezando a flaquear; apenas podía sostenerse cuando alguien le
agarró del brazo y tiró de él.


Desde la lejanía, observaba el castillo, las escenas de aquel amanecer aún
tenían vida en su mente; y ahora había llegado el momento... el momento de su
venganza. Habían pasado quince años de aquella madrugada cuando los soldados
del Rey habían saqueado la aldea y engendrado la matanza, la mortandad que le
había dejado huérfano con tan solo siete años de edad.
Aquella madrugada, la muerte se apiadó de él; el viejo ermitaño lo salvó de una 
muerte segura. Se trataba de un sabio que vivía en las entrañas del bosque,
en un recóndito lugar entre la espesura y frondosidad.
Gonzalo, fue amparado y criado por el anciano. Esté le adoctrinó, hasta convertirlo
en un hombre de bien; también hubo algo que le enseñó, el manejo de la espada,
convirtiéndose así, en unos de los mejores espadachines de la región. 
Gonzalo, creció con una ofuscación, su infancia fue marcada tras la muerte de sus
padres, jurándose así mismo, un día vengar sus muertes. Toda su obsesión era
el Rey, pues sabía que él había dado la orden de llevar a cabo aquella matanza.
Ahora había llegado ese momento tan ansiado, se encontraba preparado  para
su represalia.
Una mañana, con los primeros rayos de sol, el viejo ermitaño le dio su bendición y
Gonzalo partió hacia el castillo. La audacia y el manejo que atesora con la espada,
le hicieron adentrarse y formar parte de la compañía de soldados del Rey. Desde allí, 
le sería más fácil ajusticiar.

Gonzalo, pronto se convirtió en el mejor soldado de la compañía, pasando a formar 
parte de la Guardia Real. 


Mercedes, paseaba por los pasillos de palacio; a veces, salía al jardín y se sentaba
en un banco de piedra con la miraba perdida entre los muros del castillo.
Gonzalo la observaba, podía leer en su mirada la tristeza que le embriagaba el rostro.
Mercedes, era la Reina, en segunda nupcias del Rey, este, al quedar viudo de su primera
esposa, contrajo matrimonio con Mercedes, hija de un Duque y veinticinco años
más joven que él. Mercedes, aceptó el matrimonio por imposición de su padre.
A Gonzalo, los ojos de Mercedes le producían cierta ternura, sus mirabas se cruzaban
fugazmente por palacio; había algo en ella que le hacía despertar un sentimiento nunca
antes vivido en él. Sabía que Mercedes, podía sentir lo mismo, en ese efímero momento
en que sus ojos se encontraban, una luz destellaba su mirada.
Se recordaba a cada momento que es lo que le había llevado hasta allí, pero ahora, había
algo más profundo en su alma que vengar la muerte de sus padres.

Una noche, en la que el castillo había entrado en su letargo, Gonzalo impulsado por ese
sentimiento que le oprimía el alma, se deslizó hasta los aposentos de la Reina. 
Mercedes, al verle, no dijo nada, tal vez llevase tiempo esperándolo, y tan solo se dejó
llevar y perderse en sus brazos. Fue la noche que consumaron su amor... la primera, de
un idilio de pasión.
Sus encuentros eran constantes, ese amor que sentían, los conducía a un lecho de amor
diario. Los jardines del castillo eran testigo de esa pasión; cada noche, en la madrugada,
se regocijaban bajo la luna y coronaban aquel deseo.

El Rey, salió de sus aposentos, el malestar que arrastraba desde aquella tarde, no le 
dejaba conciliar el sueño. Los jardines, fueron su destino. La noche era hermosa y
clara, paseaba pausadamente, admirando la belleza que poseía su reino.
La luna en su inmensidad, alumbrada cada rincón, y en una apartada orilla, pudo
vislumbrar a la Reina y a Gonzalo consumando su amor.

Esa misma mañana, con el alba, Gonzalo fue retado a duelo por el Rey. Su nombre,
y el de la corona habían sido deshonrados, y la muerte sería su ejecución.

El chirriar de las espadas, se hacía sentir en todo el castillo. La Reina recluida  en
una mazmorra por el Rey, imploraba por Gonzalo, su amor.
Enzarzados en la lucha, cada uno por defender su honor, el Rey fue desarmado
cayendo al suelo, Gonzalo, le apuntilló la espada en el pecho; en ese
instante, Gonzalo revivió la madrugada que la aldea fue pacto de las llamas, la 
muerte de sus padres... su venganza. Este era el momento que tanto había
ansiado, por el que se había preparado. En sus ojos se podían ver las llamas
del horror, el odio y el rencor que llevaba guardado durante quince años.
... Sus ojos ahora miraron hacia su pecho. Una espada le atravesaba el
corazón, la misma que debía dar muerte al Rey.

Mercedes, a la siguiente madrugada, cuando el alba apenas pintaba en el horizonte,
fue hallada muerta en su mazmorra, con una daga clavada en su alma.



Ana Martos - Junio 2012

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