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lunes, 27 de agosto de 2012

MIS SECRETOS MEJOR GUARDADOS


   Tal vez, lo brutal y espeluznante no sean los hechos en sí, si no, la naturalidad con la que lo concibo, la sangre fría con la que lo realizo, y el poco remordimiento que siento por ello. A decir verdad, no siento ningún pesar ni arrepentimiento, al contrario, me hallo en una especie de liberación y justicia... sinceramente, creo que hice lo que debía hacer.
No me considero una persona violenta, y mucho menos una mente retorcida o psicópata, mas bien, siempre he sido una persona muy sensible y susceptible, incapaz de cometer ningún acto impuro... pero nunca hay que subestimar a un corazón herido, un alma rota, el dolor nos puede llevar a cometer actos nunca antes concebibles.
Creo que cada persona obtiene la suma de su proyección, y eso es justo, lo que yo me he limitado a hacer, que cada cual obtenga el resultado de sus consecuencias.

Le entregué mi juventud, los mejores años de mi vida, la mitad de mi existencia, y así es como me lo paga, revolcándose con mi mejor amiga.
Lo descubrí una tarde que regresé antes del trabajo; esa tarde, no me encontraba bien, y pedí salir un par de horas antes. Al llegar a casa, me extrañó ver el coche de Julia delante de la verja, pero no imaginé que vería lo que minutos después pude ver. Entré en casa y todo se hallaba en silencio, supuestamente no había nadie, Víctor, trabajaba esa tarde. Me quedé mirando el coche de Julia a través del ventanal del salón. Mientras observaba interrogante el Peugeot de mi amiga, escuché unas risas que provenían del primer piso, en ese momento me di cuenta de lo que allí ocurría.
Subí las escaleras a hurtadillas, consciente de lo que me iba a encontrar, y no me equivoqué... conforme avanzaba por el pasillo con el corazón en un puño, pude ver abierta la puerta de la última habitación... nuestra habitación. Allí se encontraba mi marido y mi amiga, yacían en mi cama completamente desnudos entre risas y jadeos. No tuve valor de entrar en la estancia y gritarles a la cara lo repugnantes que eran, me di media vuelta, salí de casa, y me marché lejos.
Fui a parar a un descampado, a unos diez kilómetros de casa; allí, sentada en el coche intentaba asimilar lo que había visto media hora antes, me di cuenta, que lo mejor era nada de escándalos y reproches, debía mantener la serenidad, la mente fría y cerrar aquella herida con puntos de sutura. Ahí es, cuando mi cabeza comenzó a pensar con lucidez y me
proporcionó la más bella vendetta.
Segura de mi misma, regresé a casa como si nada, mi querida amiga ya se había marchado y mi ''fiel'' esposo, me esperaba agotado después de un duro día de trabajo.
Era miércoles, y aprovechando que mi hijo se encontraba por unos días en la sierra de campamento, debía dejar zanjado aquel tema lo antes posible... sería, el viernes.

... Y llegó el viernes; esa noche preparé una cena ''romántica'', a Víctor le encantaba ese tipo de cenas, le gustaba que algún fin de semana que otro, le sorprendiese con unos de sus platos favoritos y un buen vino. Así, que esa noche lo iba a complacer...
La velada transcurría tal y como había planificado. Para la ocasión, elegí un bonito y seductor vestido negro de corte al bies que dejaba entrever las curvas de mi cuerpo realzando mi figura, haciéndome sentir más femenina; mi larga melena pelirroja recogida toda a un lado, descansaba sobre el pronunciado escote que marcaba mis pechos, quería que esa noche Víctor, sintiese el desmedido deseo de hacerme suya. El vino que acariciaba nuestros labios y abrazaba el paladar, puso el resto, y antes del postre, yacíamos en la cama saciando el deseo que arrojaban nuestros cuerpos; en la misma cama, la cual días antes él había retozado con mi mejor amiga.
- Déjate llevar, cierra los ojos y deja que esta noche sea yo quién guíe los lazos tu cuerpo. Le dije.
Quería hacerle sentir y estremecer de placer, que el calor de nuestros cuerpos se fundiera en una sola piel. Mi figura se curvó recorriendo con la yemas de mis dedos cada centímetro de su ser, al igual que mis labios. Esa noche debía de ser especial, la más especial de todas...
A horcajadas sobre él, llevé sus manos hacia los barrotes de la cama, y con sendos pañuelos de seda, até sus muñecas. Aquel acto parecía excitarle aún más, llevándole al fin, a la explosión de un gozo desmedido. A continuación, su cuerpo se relajó y su boca dibujó la sonrisa del placer y la satisfacción. Fue entonces, cuando de forma súbita, extraje el cuchillo que esa misma tarde había guardado debajo del colchón y le clavé una certera cuchillada en el pecho. El frío acero atravesó el sudoroso torso de Víctor, y su sangre de un rojo intenso se mezclaba con la sudor de su cuerpo. Abrió los ojos durante escasos segundos, después los entrecerró afilando su mirada contra mí. Una sonora carcajada se escapó de mis labios, no pude ocultar el placer que estaba experimentando, el verle allí, tirado en la cama, atado e indefenso, a expensas de mi razón, hacía sentirme dichosa y justiciera... no me tembló la mano cuando le volví a ensartar otra puñalada, y otra más, y otra...

Envolví su cuerpo en una manta y lo arrastré hasta el sótano, debía deshacerme de él.
Mi mente privilegiada lo tenía todo premeditado, con un hacha descuarticé a Víctor en pedacitos y estos los arrojé a la caldera de leña. Confieso que disfrute haciendo esto que para algunos resultará espeluznante y macabro... aunque hay un hecho que aún me hizo gozar más de mi venganza. La primera parte del cuerpo de mi marido que amputé fue su miembro viril, esto no lo tenía pensado, se me ocurrió una vez tenía el hacha en mis manos y titubeaba por que parte empezar. Cometer aquella aberración fue excitante y placentera, de alguna forma, aquel trozo de carne había sido la causante de mi actos.

Ahora, mientras cargo la caldera de leña y espero la llegada de mi amiga Julia, pienso cuál será la parte de su cuerpo que amputaré primero...



Ana Martos - Agosto 2012.

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