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sábado, 6 de octubre de 2012

UN DULCE ACORDE JUNTO AL FUEGO


    Sentada en un viejo sillón frente a la chimenea, cobijada bajo la luz y el calor del fuego,
contemplaba la llama que lentamente iba consumiendo la leña de olivo.  Fuera, era un triste día
gris de invierno, el viento resonaba por la rendija de la maltrecha puerta, las gotas de lluvia
acariciaban el cristal de la ventana dejando una estela como si de lágrimas se tratara.
La cocina, rezumaba  olor a soledad, a nostalgia y resignación. El reloj de cuco, recuerdo
entrañable de su difunto Fernando, marcaba las horas muertas de su clausura.  
Sus viejas manos entrelazadas, posaban en su regazo. Era la huella del tiempo, su piel 
mostraba los surcos de los años; sus ojos hundidos y sin brillo, lo ya vivido.
Sobre María, descansaban ya ochenta y cinco primaveras... primaveras que no vuelven y son
eternas, dejando sentir los achaques propios de la edad. Su amado Fernando, hacía tres años
que la había dejado bajo el amparo de la soledad, la muerte le tendió la mano a él antes que a
ella; desde entonces, María, vivía sola en su vieja y antigua casa, ahora, la añoranza y los 
recuerdos, eran su única compañía.
La dicha de ser madre, no le fue concedida, a pesar de ello y aunque en un rinconcito de su
corazón llevaba clavada esa espina, junto a Fernando, tuvo un matrimonio pleno... amor mutuo,
lucha y constancia en unos tiempos difíciles que supieron encarar bajo apoyo y tesón .

Perdida entre recuerdos, y sentada en su viejo sillón frente a la chimenea, María, contemplaba 
como la llama lentamente iba devorando la leña. Para ella, aquello era algo metafórico, así es como
se sentía, la llama, eran los años, y la leña, era ella.
Reclinó su nívea cabeza en la butaca y cerró los ojos dejándose perder por el tic-tac del reloj
de cuco, tan solo era la melodía de segundos muertos... un dulce acorde que hoy venía
acompañado de una cita.
No iba a ser su sobrina la que en aquel día gris de invierno la visitara, si no una visita  
inesperada y muy deseada, su amado Fernando. 
María, abrió los ojos por un momento y le vio allí, junto al fuego. Fernando le sonreía y le tendía
una mano, ella, plácidamente se la tomaba.

María, murió como todos desearíamos morir algún día, serenamente, en el calor de nuestro hogar,
de la mano de quien nos concedió la dicha en la vida.



Ana Martos - Octubre 2012.

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