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viernes, 19 de octubre de 2012

VIDAS ROTAS


    Sus alaridos de dolor y pánico, sus lamentos entre ahogados clamando piedad aún 
me despiertan sobresaltado en las noches, perturban mi sueño al igual que fueron
perturbados literalmente hace años.
Yo, tan solo era un niño, alguien inocente que se vio obligado a vivir una serie de
hechos que después, marcarían mi vida para siempre. Imposible olvidar aquello, imposible
borrar el horror que me tocó vivir. Mi madre, una mujer sumisa, entregada a mí, pues era
su única razón de existencia, se empeñaba en tapar con un dedo la realidad, intentando
ocultar ante mí, una situación deplorable. Pero aquello era algo que no podía disfrazar con 
una sonrisa o con un gesto, el sol no se tapa con un dedo, y sus ojos delataban el dolor, sus 
hematomas, las huellas de los golpes... 
Crecí entre gritos y reproches, entre voces y censuras, entre el miedo y la tortura... todo 
ello envuelto en un hogar donde el aire que se respiraba estaba contaminado por el alcohol.
Hasta que una noche, todo aquello  terminó. Las voces enmudecieron, los gritos silenciaron,
las lágrimas de mi madre dejaron de manar para siempre. Presencié la tortura a la que mi
madre fue sometida; en llanto, y agazapado sobre el umbral de la puerta, fue testigo de como
mi padrastro humillaba, abofeteaba, golpeaba y violaba a la mujer que me había dado la vida, 
para acabar al fin, acuchillándola en su propia cama.
Aún mi retina, guarda la imagen del cuerpo de mi madre ensangrentado, y sus ojos inmóviles
clavados en el techo de la habitación en forma de súplica y clemencia.
Me abalancé sobre ella, pero era tarde, su corazón había sido derrotado y reposaba ya, en 
otra vida; quisiera haber muerto allí mismo, haberla podido acompañar en su eterno viaje.

Pocos años de condena tuvo el malnacido, siete años después de los hechos, ya gozaba de
la libertad... la Justicia a veces, es irrelevante. Supe que había sido absuelto por una
conversación que le escuché a mi abuela mientras esta se lo comentaba a una vecina. Ahora,
el destino, volvía a poner a ese indeseable en mi camino. Siete años después, perpetraría, todo
aquello que se había fraguado en mí durante ese tiempo.
No me costó nada dar con él, seguía siendo un borracho de viejas costumbres y nada me costó,
llevar a cabo mis actos.
Esperé a la noche propicia, una de esas que las tinieblas envuelven las calles presagiando el mal.
Le seguí desde el antro que frecuentaba a diario hasta un oscuro callejón donde tenía un 
mugriento apartamento... y allí, en la oscuridad de la noche, bajo una leve llovizna, mientras
rebuscaba las llaves entre sus harapos, me postré ante él y mirándole a los ojos, le ensarté cinco
puñaladas en el pecho. Cayó al suelo sin más, su sangre se entremezclaba con el agua dejando
un pintoresco mosaico color rojo a lo largo del callejón. Satisfecho de mi hazaña, me quedé
observando el cuerpo sin vida de aquel ruin, de pronto un impulso me hizo arrojarme sobre él,
rasgué sus ropas y con el propio cuchillo, hice una incisión en el pecho para después con mis
manos, extraerle el corazón. Hincado de rodillas junto al cuerpo levanté la vista al cielo 
ofreciéndole aquello que sangraba en mis manos a la vez que un grito ensordecedor se escapa
de mi garganta liberando todo el dolor reprimido durante años. Ahora, mi alma se hallaba en paz...


He sido recriminado y juzgado por la sociedad, por la policía, por psicólogos.... todos ellos me ven
como un demente por la atrocidad que cometí. Estoy recluido en un centro de menores a la espera
de mi mayoría de edad para ser juzgado. No alegaré nada en mi defensa, simplemente, porque
antes de juzgar a un supuesto ''demente'' deberíamos de analizar que le llevó a obrar así.
Detrás de cada mente enferma, siempre hay una razón o un porqué...



Ana Martos - Octubre 2012.
safrecreative.org

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